El día que se despidió de su padre y quedó de pie en la entrada del colegio solo con sus bolsos, Flavio Pasini lloró. Tenía 14 años y empezaba su etapa de internado en el Instituto Adventista cerca de la ciudad de Campinas, a unos 90 kilómetros de su San Pablo natal. Ir a estudiar pupilo no era una novedad para él. Proveniente de una familia adventista, ya lo habían hecho su padre y su abuelo. “Desde niño venía escuchando que yo también lo haría, y siempre era ‘ahhh, una maravilla’, pero cuando llegamos al colegio y mi padre bajó los bolsos y se fue… se me movió el piso. Y no tengo vergüenza en decirlo, lloré”, recuerda hoy, a los 57 y con más de tres décadas de experiencia trabajando en internados adventistas en Brasil y, ahora, también en Uruguay.

Flavio no es un expupilo cualquiera. Es, desde hace cinco años, el director general del Instituto Adventista del Uruguay (IAU), uno de los pocos colegios con internado completo que sobreviven en el Uruguay del siglo XXI (ver recuadro). Su experiencia como alumno, en cambio, no es singular, sino la de muchos. “Eso que me pasó a mí le pasa a la mayoría, entre 60% y 70% de los chicos extrañan. Pero después de que pasa el período de adaptación usted le pregunta a cualquiera ¿Va a volver el año que viene? Y responden Sí… ¿Le gusta estar acá? Y la respuesta es siempre Sí”.

Hoy, estudiar pupilo no es lo más habitual. Los cambios culturales, sociales y en las comunicaciones hicieron que esta modalidad bastante frecuente hasta la primera mitad del siglo XX fuera, progresivamente, cayendo en desuso. En los últimos tiempos, incluso, se tiñó de un halo negativo. “Es una pena, porque la sociedad tiene en mente que un internado es un reformatorio, un lugar para chicos problema. Usted no se porta bien, entonces va para ahí. Pero no es así. Para nosotros, los adventistas, estudiar en un internado es un regalo”.

Ser pupilo implica vivir en el colegio. Las salidas, únicamente a casa, son esporádicas. Las reglas y rutinas en común, muchas. El campus del Instituto Adventista del Uruguay, en el kilómetro 33,5 de la Ruta 5, recuerda a las películas norteamericanas. En un predio de 66 hectáreas hay alrededor de ocho edificios, todos ellos austeros pero sólidos: hogar de mujeres, hogar de varones, gimnasio, comedor, salón de actos, espacio de talleres, biblioteca y ciber, entre otros. Y alrededor de ellos, verde, mucho verde. Fundado en 1943, el Instituto brinda una educación cristiana y mixta a nivel de primaria y secundaria, pero solo el liceo ofrece la opción de internado. Además, más allá de los miembros de su comunidad, está abierto a todos los interesados.

En total, el colegio tiene alrededor de 300 alumnos (50% son adventistas). De los 190 que están cursando secundaria, 83 son internos, 40 varones y 43 chicas. Tienen libre un fin de semana cada tres, además de las vacaciones y los feriados. “El internado hace la transición entre la vida juvenil y la vida de adulto”, resume Pasini. El solo hecho de estar en un área rural, “lejos de los problemas que hay en los entornos de cualquier liceo, sin importar si son públicos o privados”, ayuda a que ese proceso sea más calmo. “Pero además, más allá de recibir la educación curricular, acá el chico va a tener otras responsabilidades. Viven en piezas donde cada uno tiene que arreglar sus cosas, cuidar sus materiales, lavar su ropa… Todo eso parece que no es nada pero traza un camino hacia la madurez y la independencia”, agrega.

El actual director predica con el ejemplo. Él estuvo cuatro años en un internado antes de ir a estudiar a la Universidad de San Pablo, donde hizo una carrera en educación y una maestría en teología. Profesor y pastor, sus dos hijas también cursaron la secundaria pupilas en Brasil. “Yo soy sospechoso para hablar, pero el internado es una lección de vida”, asegura.

Reglas claras.

El día comienza temprano, cuando a las 6 de la mañana se encienden las luces y en los parlantes de cada hogar suena una música suave. Es tiempo de levantarse, vestirse y desayunar, para llegar en hora al salón. “Los horarios no son opcionales. Hacemos unos tres llamados… a los 15 días de estar acá ya conocemos a los feligreses”, dice el director, estricto y cómplice a la vez. Desde ese momento y hasta las 16.30 horas, no hay tiempo libre. Las clases se extienden en la mañana y los talleres (mecánica, electricidad, cocina, etcétera) y los espacios de estudio por la tarde. Además de las materias de la currícula hay clases diarias de Biblia. “Queremos dar una educación cimentada en principios y valores bíblicos. La Biblia no habla solo de religión, sino de salud, familia, educación”, explica Pasini. Dos veces por día también hay un “culto” o espacio para la reflexión.

“De acá me gusta todo menos los cultos”, dice con desfachatez adolescente Agustín, que viene de Maldonado y está en 2° de liceo. “A mí me gusta cómo es la gente conmigo, siempre me ayudan con lo que necesito”, dice Eliana, también en 2°, evangelista y oriunda de Playa Pascual. “Y que acá hacés muchos amigos”, agrega Lourdes, compañera de clase, de Fray Bentos.

Muchas de las familias que optan por el internado son del interior; y de ellas la mayoría vive en el medio rural. Pero no es la única razón que lleva a los padres a elegir el Instituto. También están aquellos cuyo hijo tiene problemas de conducta. “Nosotros hacemos una entrevista y una evaluación para ver si podemos ayudar o no. Hay casos en que tenemos que ser claros y decirle a los papás comprendo su situación, sé que es difícil, pero no tenemos cómo ayudarlos”. Pasini se refiere a las adicciones, cualquiera sean. “No trabajamos con adictos, no es nuestra propuesta. Yo acá no tengo médico ni una clínica. No lo puedo aceptar”. De hecho, el predio está cerrado y tiene un pórtico con vigilancia, pero la seguridad no está pensada para ser infranqueable. “No quiero ningún alumno que venga obligado. El chico tiene que venir, conocer y ver que vale la pena quedarse”. El centro sí cuenta con psicólogos y psicopedagogos.

Seguir y cumplir las reglas es el principal desafío de los novatos. Además de los estrictos horarios, en el Instituto está prohibido cualquier tipo de vicio (fumar o tomar), teñirse el pelo de colores, tener las pertenencias con candado, usar el celular en clase, decir malas palabras, llevar piercings o tatuajes y el “contacto físico” entre alumnos. “Los adventistas somos casi los únicos en el mundo que tenemos internados mixtos. ¿Se puede tener una novia? Sí ¿Se pueden besar? No. En el hogar de señoritas los varones no llegan ni a la puerta. Y lo mismo ocurre en el de varones con las chicas. Si ellos se portan bien, no hay problema”, dice Pasini. De lo contrario, se los sanciona con alguna tarea comunitaria como limpiar el comedor o recoger la basura. En cada edificio hay dos “preceptores” que controlan el comportamiento de los estudiantes al tiempo que hacen de “padres sustitutos”. Del equipo docente, alrededor de la mitad son adventistas y muchos de ellos viven en una villa de la comunidad al otro lado de la ruta.

“Este año están con las hormonas a mil”, comenta Javier Lema (37), exalumno y actual preceptor de los varones. Pero eso no es lo más complicado, dice. En definitiva, es consciente de que está trabajando con adolescentes. “Lo que más cuesta es que estudien y que ordenen su cuarto”. En el hogar de varones, las piezas se comparten entre tres o cuatro alumnos. Tras una reforma en 2013, cada habitación cuenta con baño privado. El predio también tiene Wi-Fi, que se apaga junto con las luces, estrictamente, a las diez de la noche.

Querer volver.

Walter Mansilla (44) llegó al IAU con 15 años para cursar 3° de liceo. Cuando terminó el bachillerato se mudó a un internado con nivel terciario en Argentina, donde se formó como profesor de Educación Física. Y volvió al Instituto, donde trabaja desde el año 2000. “Yo había perdido un año, mi madre trabajaba todo el día y yo salía a pasear en vez de ir a clase. Acá pasé de ser un alumno pésimo a ser un buen alumno”, recuerda. Lo que más le costó, dice sin dudar, fue aprender a estudiar. “Teníamos una hora reglada para estudiar y yo me ponía a conversar. Tantas veces me mandaron callar que al final no tuve otra que aprender”. Lo cuenta y se ríe. Pero en aquel momento era un asunto serio. Walter era becario y para pagar sus estudios colaboraba con cuatro horas de trabajo en la huerta.

Si bien los momentos de estudio están claramente establecidos en el cronograma, el simple hecho de vivir en el colegio fomenta el aprendizaje. “Los profesores estaban siempre para ayudarte. De repente estabas en la cancha jugando un partido de fútbol y si preguntabas algo que no habías entendido en clase se ponían a explicarte ahí mismo. Eso no es nada común. A mí realmente el colegio me cambió la vida”. Como profesor, Walter aplica todo lo que vivió con sus alumnos. “Cuando me postulé acá fue porque todo lo que me habían dado quería devolverlo de alguna manera”, comenta.

Durante los años de internado, los amigos se vuelven el principal referente. Y aunque a priori el círculo para socializar puede parecer acotado, los chicos lo viven con alegría. “Al principio me costó un poco adaptarme. Extrañaba mi familia, mi casa, mis costumbres…”, dice Eliana (14). “Pero ahora me agrada mucho el colegio. Todos los que trabajan acá son buenas personas, me hice amigas rápido y si me ven mal me preguntan qué me pasa”.

La vida social en el Instituto no conlleva grandes sobresaltos. Los estudiantes que logran buenas notas, tienen parte de la tarde libre para ir al gimnasio, mirar una película o quedarse en su pieza. Los que no, vuelven a dedicarse al estudio después de la cena. Los fines de semana suele haber eventos comunes, pero nunca bailes. También se organizan encuentros deportivos —su equipo de voleibol está en la Liga— aunque nunca campeonatos. “Nosotros no estimulamos la competencia, pero no hay problema en hacer un partido con otro colegio”, dice Pasini.

Los casos de bullying son la excepción, no la regla. Lo mismo ocurre con las expulsiones por mala conducta. Si un alumno incurre en una infracción, los preceptores se comunican con los padres. “¿Hay problemas de disciplina? Los hay, porque trabajamos con adolescentes. Pero el ambiente es muy sano”. En lo que va de 2015, solo hubo una “situación complicada”, cuando tres alumnos fueron descubiertos fumando en el predio. No se volvió a repetir.

Igual que le ocurrió a Pasini, el primer mes es común que algún alumno llore o pida para volver a casa. A fines de abril, el período de adaptación casi siempre está cerrado. “En las vacaciones extraño pila el colegio”, dice Eliana y se ríe. “Primero esperaba el viernes, pero ahora siempre quiero que sea domingo. Y poder volver”.

Lo que más extrañan: la carne.

Es lunes al mediodía y en el comedor del Instituto Adventista del Uruguay hay arroz, lentejas, budín de zapallitos, sopa, ensalada, fruta y una torta dulce. La dieta de los estudiantes, coordinada por una nutricionista, es ovolactovegetariana, o sea, no incluye carne de ningún tipo. Eso es, sin duda, lo que más extrañan los alumnos, 90% de ellos habituado a incluirla en su alimentación. Las comidas se acompañan con agua. No están permitidos los refrescos ni el mate, por ser “bebidas estimulantes”. En las piezas no hay heladera ni despensa, pero el Instituto cuenta con un kiosco donde se venden jugos de frutas y algunos alimentos caseros, como tartas, croquetas y donuts. “Los chicos pueden volver de casa con un chocolate o un paquete de galletitas, pero no queremos que traigan un fardo de papas fritas a la pieza. A ellos les gusta, claro, pero no es sano”, explica el director Flavio Pasini. Además de una huerta, en la parte posterior del predio el IAU cuenta con animales que utiliza para producir leche, queso, yogur y huevos. También elabora su propio pan integral, que planea comercializar.

OTRAS EXPERIENCIAS.

Del Liceo Militar y Don Bosco.

A lo largo del siglo XIX y XX, varias las instituciones educativas —la mayoría de ellas religiosas— ofrecían la opción del internado. En Montevideo, uno de ellos fue el Colegio Sagrada Familia, que abrió sus puertas en 1889 con solo 7 alumnos, para 1947 ya contaba con 150 pupilos y en 1971 suprimió esta modalidad. En el interior, los casos eran aún más frecuentes. Uno de los más emblemáticos es el colegio jesuita San Javier, en Tacuarembó. Abrió sus puertas en 1954 como colegio de varones, donde la gran mayoría estudiaba pupilo y provenía de las familias del campo. A partir de 1976 la institución empezó a recibir mujeres entre su alumnado y en 1980 dejó de funcionar el pupilado.

En Montevideo, el Liceo Militar es la única institución que mantiene el régimen de internado, que funciona allí desde 1948. Ofrece educación secundaria pública de 4° a 6° año, aunque no en todas las opciones de bachillerato. “Ser internado en el Liceo Militar es una beca. Acá los chicos tienen la alimentación, atención médica, psicológica y odontológica, reciben clases de apoyo y un montón de actividades. Y todos tienen las mismas posibilidades”, intenta resumir el director coronel Gustavo Volonté. Este 2015, de 361 postulantes solo ingresaron 147. Los estudiantes llevan una rutina estricta y exigente, sobre todo en horarios, rendimiento y actividades física. Tienen libre la tarde del miércoles y los fines de semana, siempre y cuando las notas sean aceptables. Por otro lado, trabajar con adolescentes, señala Volonté, “representa un reto” para el personal a cargo. “A nosotros se nos adiestra para ser un soldado combatiente, y acá trabajamos con jóvenes sin grado militar. Tenemos que aprender a mandar de un modo diferente y a predicar con el ejemplo”, dice. Si bien no es condición, 50% de sus alumnos sigue alguna carrera militar.

Los talleres de oficios Don Bosco también ofrecen la opción de internado; en este caso es de lunes a viernes y de marzo a noviembre.

Pros y contras de estudiar en un colegio pupilo.

-El Instituto Adventista ofrece tres modalidades: externado (liceo común), medio pupilo (hasta las 16.30) o internado completo. En este último caso, la cuota cuesta alrededor de 25.000 pesos.

-“A los chicos que no conocen la filosofía adventista les cuesta mucho más adaptarse a los cultos, las reuniones espirituales y las clases de Biblia. Lo sufren porque no están acostumbrados”. Javier Lema, preceptor del hogar de varones. El 50% de los estudiantes del IAU son adventistas.

-“El conocimiento científico sin principios y sin valores no es la solución a los problemas de la sociedad actual. Tampoco lo es formar una persona piadosa pero ignorante. Entonces, para nosotros, las dos cosas tienen que caminar juntas. Nosotros no presentamos una religión, presentamos la Biblia. Somos un liceo cristiano y no lo encubrimos”. Flavio Pasini, director.

-Lo ideal es que los estudiantes comiencen el internado a los 14 años. Sin embargo, el IAU los admite desde 1° de liceo.

-Una de las “mayores ventajas” del internado, dice el director Pasini, es que los profesores y los compañeros siempre están para ayudar, sea en horario de clase o fuera de él.

Fuente: El País